miércoles, 21 de diciembre de 2011

Días 57-59: Cuzco y Valle Sagrado

Y tres semanas después, volvió el blog. Vuelve por navidad, como el Almendro. No estaba muerto, no, estaba de parranda.

Después de otra sesión intensiva de buseto, llegamos a Cuzco, situado a 3.300 metros de altitud. Y sí, se nota. Sobre todo llegando desde el nivel del mar. Al principio cuesta algo (bastante) respirar, y la cabeza parece que se te hincha como un globo. Imaginad que se le hincha a nuestro amigo Piña... ¡Wooow!

Cuzco recuerda a algún pueblito del interior de España, pero a lo grande. Eso sí: debería de ser el pueblo más turístico del mundo mundial, porque aquí el turismo es un un auténtico canteo. Todos viven por, para y gracias a los turistas. Quizá es demasiado, pero es el precio a pagar por cualquier destino apetecible por miles y miles de personas de todo el planeta.

Se respira historia en este lugar. Las calles adoquinadas, las murallas, los estrechos callejones; piedras que colocaron los incas hace setecientos años y que todavía están en el mismo lugar, con el mismo aspecto. La arruga es bella, dicen. Y hablando de Historia (y de historias), tengo que explicar qué significa el nombre de la ciudad, y es que me flipan (nos flipan) estos cuentos que nadie realmente te puede asegurar si son ciertos o no. Se dice que en el siglo XII, el dios del Sol, Inti, le encargó al primer inca que encontrara el qosq`o. Cuando este buen hombre descubrió ese punto, fundó allí la ciudad. ¿Y qué significa qosq`o en quechua?: el ombligo de la Tierra. ¡Mola la movidica, eh!

Además de conocer esta ciudad, hemos hecho excursiones por sus alrededores, y por el Valle Sagrado del río Urabamba. Dicho valle se extiende durante decenas de kilómetros al norte de la antigua capital inca, y está plagado de mejores y peores (conservadas) ruinas del, en otro tiempo, poderosísimo imperio inca (inka en quechua).

Las de Saqsaywamán, a dos kilómetros de Cuzco, no estaban mal, claro; pero cuando luego visitamos las de Ollantaytambo (a unos 80 kms) y las de Pisac (a unos 30), flipamos de verdad. Las primeras son un pueblito inca, situado estratégicamente entre varias montañas, que está prácticamente igual que hace setecientos años. Casi ná. Alucinas con las explicaciones del guía, y te imaginas a miles de incas (pasándolas canutísimas) subiendo las cacho piedracas que pesaban toneladas, para poder construir la fortaleza que protegiese a ese pueblo. El método utilizado era como el de los egipcios: troncos al suelo para intentar hacer rodar esas colosales piedras, cuerdas, muchos, muchos, muchos hombres tirando como mulas, y, por supuesto, un par de tíos con látigo metiendo caña para que ningún inca se hiciese el sueco.

Pero la fortaleza Intuhuatana, en Pisac, me impresionó todavía más. Está en lo alto de una montaña, una montaña que costaba lo suyo subir, y que se te hacía más larga que un día sin pan. Pero que cuando llegas, y te paseas entre esas ruinas tan bien conservadas, se te olvidan todos los males y todos los insultos proferidos en la dolorosa y poco oxigenada subida. Es impactante comprobar qué bien conservada está la ciudadela, por momentos no te crees que sea de verdad, y dudas de que no haya sido retocada por el gobierno peruano. Muy bonito, de verdad. Y, realmente, allí arriba se estaba en paz. En paz con uno mismo, y en paz con los demás, que también es importante.

Después de sacar muchas fotos, de explorar las ruinas cada uno a nuestra bola, y de respirar ese aire tan puro, tenemos que bajar a toda pastilla porque se está haciendo de noche y no llevamos linternas en ese momento (somos unos cracks, unos boyscouts de doce años tienen más conocimiento que nosotros). Llegamos al pueblo, abajo, justo cuando ya se hace de noche. Menos mal, porque había tramos que sin luz hubieran sido algo pelicorossossss. Como siempre digo: ¡somos gente con suerte!   

Llevamos tres días por aquí y ya es viernes, pero hoy no hay fiesta, y eso que nos han hablado muy bien de la animada noche cuzqueña. Pero es que mañana nos tenemos que despertar como a las 04.30 in the morning. ¿Estamos locos? No. ¿Nos vamos de pesca? Menos. El motivo es que nos recogen en un minibus porque volvemos al Valle Sagrado para emprender el denominado y conocido Camino Inka. Cuatro días y tres noches de subir y bajar montañas, en plenos Andes, para llegar el martes hasta la ciudad perdida del Machu Picchu. Joder, sólo de nombrarlo ya se me ponen los pelos de punta (y tacón).

jueves, 1 de diciembre de 2011

Día 56: Ica

Bajando unas seis horitas en bus hacia el sur, llegamos hasta Ica, pueblecito en medio del desierto. Aquí hemos parado sólo durante unas horas, antes de seguir camino hacia Cuzco, únicamente por dos motivos: estar en el desierto, e intentar surfear sus dunas.

El pueblo es enano, y todo él está edificado alrededor de un pequeño oasis (no sé si natural o no,  la verdad, aunque me temo que es un oasis artificial) que está en mitad del desierto, cerca de la costa, bajando por la (ya) mítica carretera Panamericana. Lo sorprendente es que, entre hostel de mochileros y bar para guiris, que hay muchos, te encuentras de repente con hoteles con muy buena pinta, hoteles talegueros para peña con panoja, y no para mochileros guarretes que quieren darle un poco a la tabla en la arena. Y eso es lo raro: sólo hay desierto y el sandsurfing, no se puede hacer realmente nada más. Salvo quedarte en la piscina. Es increíble como un pueblo puede subsistir únicamente con el servicio este del surf en las dunas. Había cientos de buggies de alquiler por todo el pueblo, de los que te llevan y te traen al desierto que te rodea por todas partes.

¡La movida ha estado guapa! Nunca había estado en pleno desierto, sólo arena por todas partes, con enormes dunas de cincuenta metros de alto. Y lo de las tablas ha sido muy guapi. Lo único malo es que el equipo que te prestan es un auténtico bufete. Nosotros queríamos surfear de pie, claro, aunque el que nos llevaba no nos lo recomendaba; pero después de varios intentos algo infructuosos (se soltaban los agarres, la tabla se clavaba...), lo dejamos pasar y practicamos el tema de tirarte tumbado, que es mucho más fácil, pero que también era bastante molón. A lo tonto se pillaba velocidad con la tablica en la arena. Después de bajar como cuatro o cinco dunas, cada vez más largas, altas y empinadas; después de ver un oasis de verdad; después de hacer muchas fotos y de echarnos buenas risas con los peazo de saltos que nos pegamos en el buggie que nos llevaba, volvimos rápido al pueblo porque tocaba seguir ruta.

Ha sido una buena parada. Breve pero intensa. Y muy divertida. De las mejores cosas que estamos haciendo en este viaje, es aprovechar para vivir experiencias que nunca antes habíamos vivido, montar planes y practicar actividades que nunca antes habíamos hecho, cosas en las que quizá ni siquiera habíamos pensado. Es cojonudo. Hay que seguir viendo, probando, experimentando, seguir sintiendo nuevas sensaciones. Que no pare...

Nos tocan otras veinte horas en bus, haciendo noche. Cuzco nos espera. Los Andes, el Valle Sagrado, el Machu Picchu... Uno de los momentos culminantes del año. Qué ganas tenemos, llevamos muchos meses hablando de ello; pero qué pena da también que ya llegue. Y es que cómo pasa el tiempo de rápido, y más viajando. Y más gozando como lo estamos haciendo. FLIPAS.

Días 51-55: Lima

Nos ha gustado Lima. Bueno, al menos lo que hemos podido ver de ella, porque como Bogotá, es otro monstruo en donde intentan convivir más de nueve millones de seres humanos. Es una ciudad larguísima, ya que se extiende, en su mayoría, a lo largo de toda la costa. Éste es uno de los atractivos de la ciudad: tiene mar, tiene playa, y eso siempre da vida. Da buen rollo, y da placer. Al menos para mí. Y no es que nos hayamos bañado en el mar, porque no ha sido el caso; pero todos los días, en algún momento, nos íbamos al acantilado, a tomar alguna cerve mirando al océano, o, simplemente, para dar un paseo, recibiendo ese olor que sólo te puede ofrecer la brisa marina.

Aquí sí que hemos salido de fiesta, y lo hemos pasado realmente bien. Buenos garitos tienen por esta ciudad. Además, cierran bastante tarde, horario de España, y eso ha sido una novedad recibida con mucho placer por nuestra parte. El viernes estuvimos Leoncio y yo en un garito que podría ser como de Malasaña, o como de la Zaragoza de hace ya más de diez años. Molaba bastante. Y el sábado estuvimos los cuatro en un discoteca que no tenía nada que envidiar a cualquiera guapa de Madrid. Bastante marcheta, tanto fuera como dentro del hostal. Sí, la verdad es que nos llevamos buen recuerdo de la noche limeña; nos trató bien.

El hostal y el barrio en que vivíamos, The Point y El Barranco se llaman, estaban muy bien, y pasamos la gran parte del tiempo por allí. Teníamos los garitos para salir al lado, había restaurantes locales y también de comida rápida americana, había pisazos y casoplones mirando al mar, y teníamos, cruzando la calle, un pequeño parquecillo que estaba en lo alto de un acantilado, y que miraba al Pacífico. Se estaba realmente bien. Algo tiene el mar que hace que te atrapes delante suyo, y que pasen los minutos y tú no tengas necesidad alguna de mover a otro lado.

También fuimos por el centro de la ciudad, claaaaro. Plaza de Armas y alrededores. Tuvimos la suerte de presenciar el cambio de guardia. Curioso. Totalmente diferente al que hacen en Londres, por ejemplo. Aquí la banda llevaba un ritmazo totalmente diferente. Tucu-pá, tucu-pá.¿Eh, Fredi? Eso sí, también eran bastante más desastre que los de la corona inglesa: en cinco minutos que los vimos, se les cayó la escopeta al suelo a un par. Oye, todo no se puede. Por lo demás, el centro de Lima es bonito, moderno y limpio. No vimos mucho, es cierto, pero el paseo que dimos fue muy agradable y había ambientazo por las calles. Mucha gente paseando por todos los lados, haciendo cosas, planes. Hay mucha vida y eso me gustó. Se parecía en algún momento, un poco, a Madriles; esa ciudad en la que siempre hay personas en las calles, sean la hora y el día que sean.

Otro dato reseñable de estos días fue la comilona que nos pegamos en  "El rincón que no conoces". Este lugar que ahora ya sí conocemos, es un restaurante muy conocido en la ciudad, de comida típicamente criolla. El caso es que la cocina peruana es reconocida mundialmente en los últimos años, y nosotros quisimos aprovechar para darnos un buen homenaje, culinariamente hablando. Estuvimos apunto de ir al conocidísimo restaurante Astrid & Gastón, que también tiene locales en Buenos Aires, Sao Paulo y Madrid, pero finalmente no fuimos porque la hora de la reserva era bastante incómoda, y porque nos recomendaron este otro restaurante. Donde finalmente comimos, iba a ser algo más barato, y, sobre todo, iba a ser comida verdaderamente típica y tradicional del país, sin ningún tipo de mix, fusión o modernismo que debe de ofrecer el más famoso. "El rincón que no conoces" es conocido en todo el país, es considerado el mejor estaurante del mundo de cocina criolla, y en el local puedes ver decenas de fotos de políticos, altos cargos y diferentes personaliades posando con la cocinera y (creo que) dueña del local: una mujer mayor, negra, sin pelo, y con una sonrisa enorme. No creo que la mujer siga en los fogones con toda la pasta que ya debe de tener, pero bueno. La comida estaba rica, el servicio fue realmente excelente, y la experiencia creo que mereció la pena, pero a todos nos dejó algo dubitativos... Quizá esperábamos demasiado, como mucha veces pasa; quizá, la comida criolla no es lo que más le pueda gustar a cuatro europeos; o quizá, simplemente, es que en España y en Francia se come que te cagas, y son los del resto del mundo los que nos envidian a nosotros.

Perú nos está encantando. No tenemos mucho tiempo, y es una pena, porque este país tiene muchos, buenos y diversos planes que ofrecer. Sin duda, vamos a hacer lo más importante (subir el Machu Picchu), y estamos viendo lo que queríamos ver (playas y Lima), pero sí que tenemos la sensación de que es un país en el que se nos van a quedar cositas por hacer, o lugares por conocer. Perú tiene capacidad para distraer al viajero durante muchos días, y por muy diferentes motivos. Nos está sorprendiendo muy gratamente. El país es como el típico corte de tarta de helado de tres sabores: la vainilla sería la fina franja amarilla que va a lo largo de toda la costa; a su lado, en paralelo, nos encontraríamos con el chocolate, que son los imponentes Andes que cruzan todo el país de norte a sur; y a su derecha, de sabor a menta, quedaría toda la extensa zona de jungla amazónica, regada por pequeños y medianos ríos que muchos van a morir al siempre presente río Amazonas.

Ahora nos toca pasar de la vainilla al chocolate; de la arena, el mar y el Sol, a las montañas, el viento y las nubes. Nos vamos a Cuzco, a los Andes, al Machu Picchu. Pero antes, pasaremos por Ica, al sur de Lima, en pleno desierto de Perú, para intentar practicar un poco de sand surfing, o lo que viene siendo: ¡surfear las dunas! ¡VIVA EL PERÚ!
 





 

 



 

Días 46-50: Máncora

Máncora ha sido justo lo que íbamos buscando: pasar varios días en el mismo lugar, sin movernos, y era necesario que ese lugar fuese soleado y con playa. Esta localidad del norte de Perú, vive del turismo desde hace sólo unos diez o veinte años. Antes era únicamente otro pueblo de arena de la larguísima costa peruana, pero algunos empresarios listos, se dieron cuenta de que este lugar ofrece los doce meses del año tres cosas que atraen mucho al turismo: sol, surf y fiesta.

Lo de pueblo de arena es tal y como suena. La costa de Perú es prácticamente un desierto. Sólo hay arena y polvo, polvo y arena. De hecho, cuando vas mirando por la ventana en el autobús, no te extraña que pueda aparecer en cualquier momento el joven Anakin SkyWalker, saliendo de una casa construída en la ladera de la arenisca montaña, preparándose para la siguiente carrera. Monegros no es nada al lado de esto. Otro detalle curioso del paisaje son los perros típicos del lugar. Creémos que son perros... Sí, sí, lo son. Son los denominados "perros sin pelo". El nombre lo dice todo. Dan bastante asco y pena a la vez, la verdad. Son raquíticos, y eso, calvos, sin un solo pelo en todo su penoso cuerpecillo. Y hay alguno que sólo tiene pelo en la cabeza, en forma de cresta, muy punky; parecen sacados de la pandilla de los perros malotes de "La dama y el vagabundo", de Disney.

Como decía, este pueblo vive de su buen clima durante todo el año, del surf (que también se puede practicar durante casi todos los días del año), y de la marcheta que hay casi todas las noches por parte de los guiris. Nosotros hemos disfrutado de las dos primeras ofertas, pero la fiesta nos la hemos ahorrado prácticamente: queríamos descanso. En la playita se estaba de lujo, y más cuando piensas que estás en el mes de Noviembre. Es gocico puro, vamos.

Todos los días nos ha hecho bueno, y pasábamos el rato en la playuki. Y tocaba Pacífico, que todavía no lo habíamos practicado. Como ya sabíamos, es mucho más frío que el mar Caribe, menos claro, pero más bravo, y por lo tanto, más diver. Por eso se le puede pegar al surf, y al Kite. En algún momento hay olas de entre dos y tres metros, lo que pa los principiantes al surf nos es más que suficiente. Hicimos surf dos días, y bueno, hubo de todo. Pillamos un clasecita también el primer día, pero hay que decir que no fue lo más profesional que hayamos visto en nuestra vida... El caso es que tiene pinta de que puede ser muy divertido, pero también te das cuenta en seguida, de que requiere muchas horas, esfuerzo, y buena condición física. Porque, jodo, remar y remar como  un loco para pillar una ola, cuesta más de lo que uno pensaba. Eso sí: los segundos que estás ahí arriba, de pie, subido a la tabla, son una gozada. ¡Aunque tengo que confesar que esos segundos de gloria han sido demasiado escasos! Otro dato a tener en cuenta, son las condiciones del clima y del mar, obviamente. Porque el segundo día hacía una rasca de pelotas dentro del mar, y por mucha camiseta de neopreno que llevaras, el frío se te metía hasta los huesos, y chico, no estamos pa sufrir por sufrir. Yo al menos así lo veo. Así que queremos volver a repetir, y, en principio, vamos a pasar por bastantes lugares en los que se puede praticarlo; a ver si en el Atlántico hace menos fresquito, y hay menos piedras en la playa, que ésa era otra.

Otro tema que ha dado mucho juego ha sido nuestro balón de fútbol. Le hemos estado pegando todos los días en la playuki, y una tarde nos montamos un partido muy guapo con cinco o seis chavales que andaban por ahí. Qué divertido. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien jugando con un balón; cuatro contra cuatro, en la playa, me acordé de cuando le pegaba al fútbol-sala y de lo mucho que me lo gozaba jugando. ¡Y hubo cositas! Dejamos bien alto el pabellón español. La verdad es que la bola entretiene en muchos momentos, porque también le damos en las estaciones cuando hay que esperar a los buses. Nos ponemos a dar toques en cualquier esquina, y a la peña le entra la envidia porque todo el mundo quiere jugar siempre y nos pide el esférico. Parecemos Oliver y Benji, todo el día con el balón encima. Aaay, maños míos, así salen luego los campeones del mundo. ¿¿Sabes??

Aunque no salimos de fiesta, una noche sí que nos dimos un garbeo porque eran las fiestas del pueblo. No sé cuántos años cumplían. Lo reseñable es que en nuestro hostal, sobaba la orquesta que cantaba en la noche del aniversario de Máncora. Y claro, los tuvimos de ensayos varios días en la terraza del hostel. Y nos alegramos, porque hicimos buenas migas, e incluso, el último día , antes de irse, nos hicieron una pequeña jam session para nosotros y la jefa del hostal. ¡Mu rico! Tocaban música típica del país, y ciertamente, eran bastante buenos. Ritmazo. Nos cantaron y tocaron varios temas de su repertorio.También eran bastante cachondos, no paraban de beber birra, y soltaban buenas perlas, como, entre otras: "Si yo te amo, y tú me amas, ¿por qué no nos amamos por donde meamos?". Poesía pura. Al final quedamos en llamarlos para el finde si al final llegábamos a Lima, para ver otra actuación suya en algún garito de la capital.

Sin tener muchas ganas de mover, el jueves por la noche pillamos un bus hasta Lima. Son veinte horacas de autobús hasta llegar a la capi. No es que este lugar sea preciosísimo, ni tenga un encanto especial, pero sí que se está bastante bien. Pero no nos sobra el tiempo: tenemos que ver Lima, y hemos de llegar a Cuzco como tarde el día 22. Así que vamos que nos vamos. De momento, Perú nos ha recibido muy bien, muy calentito. ¡Y que siga así!  

 

lunes, 21 de noviembre de 2011

Día 45: Cuenca

Cuenca está guay, sí, sí, sí. Es bonita, manejable, y en ciertos momentos recuerda un poco a una ciudad europea, y eso es algo que no se puede decir de casi ningún lugar en los que hemos estado. Para bien y para mal, supongo. Y recuerda un poco a Europa porque aquí tienen panoja. No sabemos muy bien en qué se basa el poder económico de esta ciudad, pero es la más cara del país, y como ya he dicho, es la más bonita localidad de todo el Ecuador. Las calles, los edificios, las plazas, los coches, la ropa y las tiendas que ves al pasear, te muestran que el nivel económica de esta peña está bastante por encima que la media del resto del país.

A pesar de ello, hemos conseguido cama en un hostal muy económico, ¡ y con un cuarto para cada uno! Llevo 45 días durmiendo con (al menos) otra persona en el mismo cuarto (siempre Javi o Leo), exceptuando los seis primeros en Bogotá, y la verdad es que hace hasta un poco de ilusión. Puede parecer una chorrada, pero dormir a solas, para mí, también es un verdadero placer.

Lo de conseguir cama no era moco de pavo, ya que justo este viernes comenzaba la XI Bienal de Cuenca, y todos los hostales económicos ya estaban pillados cuando hemos llegado, sobre la hora de comer. Así que triunfando con el hostal Majestic: era la última opción barata que quedaba por el centro histórico de la ciudad.

Después de instalarnos y de darnos la merecida, anhelada y necesaria duchita, nos disponemos a conocer la ciudad. Y eso, que mola. Pasamos la tarde paseando, haciendo alguna fotuki, y palpando el ambiente del fin de semana que ya comienza. Qué buenos son los viernes por la tarde. Llevo ya bastantes semanas sin currelar, es decir, que cada día puede ser viernes si quieres, pero aún así, me siguen flipando las tardes de viernes. Me encantan. El curro de la semana acaba, el finde comienza en todo su esplendor, y en las calles de la ciudad y en las sonrisas y miradas de la gente, sea aprecia ese brillo de felicidad y libertad.

A mitad de tarde nos encontramos con un par de chavales locales, hacemos buenas migas, y ya no nos separamos de ellos hasta el final de la noche. Son jovencitos, de la edad de Leo, pero suficiente para que nos guíen y nos recomienden a qué sitios y a qué hora hay que ir para rumbear un poquitín en esta agradable ciudad. Y bueno, qué decir, ¡la fiesta ha sido buena! Lo hemos pasado fetén, y hemos vuelto a bailar como auténticos posesos. Anita hizo vídeos en la discoteca y son tela marinera. Bailando (por ponerle un verbo que se entienda) reggaeton como si fuese la última noche en la Tierra. Los colegas de Cuenca se morían de la risa con nosotros, y yo me moría de la vergüenza viendo los vídeos de Anitosss al día siguiente. No, sex appeal creo que no era nuestra bandera.

Al día siguiente, y con una resaca digna de final de campeonato mundial, nos dispusimos a seguir paseando por la city, y aprovechar las horas de Sol antes de dejar la ciudad. Aprovechando la bienal, tocaban unos momentos culturetas. Vimos varias exposiciones en diferentes lugares habilitados que había por toda la ciudad. Y como suele pasar con el arte moderno, un poco de todo. Movidas realmente guapas, impactantes; y movidas que son (al menos para mí) auténticos cagaos. Arte. ¿Qué es el Arte? Prácticamente todo puede considerarse como algo artístico. Pero creo que hay algunos autores que son artistas de la pista, y no por sus creaciones, sino por el morro que le echan y la suerte que han tenido. Sí: envidia cochina.

Hemos estado sólo unas 30 horas en Cuenca, y no nos importaría quedarnos otro día más, pero la verdad es que nos apetece mover. ¿Por qué? Porque queremos Sol, calor y playa. Llevamos semanillas con poco Sol y bastante lluvia. Por no hablar de Anita y Leo que se perdieron El Paraíso: Capurganá... Así que vamos a mover ya hacia Perú, al norte del país, en busca de tranquilidad y playa, de mar y de Sol, ¡de calorcito y buen rollo!

Dejamos ya Ecuador, ha sido un paso bastante fugaz. Una semanita no da para conocer un país, ni mucho menos, y nos hemos dejado varias cosas interesantes por conocer, pero es imposible conocer todo a fondo. Y sabéis todos cuáles son los impedimentos: tiempo y dinero, dinero y tiempo. Es lo que hay.

A pesar de sólo pasar siete días en el país, sí que da tiempo para apreciar varias cosas: como que no nos ha dado la impresión de ser un país tan pobre como te imaginas; como que las carreteras son mucho mejores que en Colombia; como que los viajes en bus están realmente tirados de precio; como que la comida es parecida a la de su país vecino, pero creo que algo peor; que la gente es muy tranquila, muy agradable, muy educada; y como que a pesar de ser un país bastante pequeño en su extensión, tiene un diversidad brutal: porque aquí tienen bien de playa, tienen varios de los picos más altos del planeta, y tienen la selva del Amazonas.

Decimos adiós (o hasta luego) a Ecuador, y ponemos rumbo a Perú. Nos esperan muchas e intensísimas experiencias en ese país. Y una de las paradas más especiales de todo el viaje: Machu Pichu. Qué más decir...



  

Día 44: Riobamba

Acabo de preguntar a Anita cómo se llamaba el sitio este, porque ya ni me acordaba... Así que podéis imaginaos cómo era la movidica. Hemos llegado aquí como a las dos de la mañana, y nos tenemos que despertar como a las seis, para pillar otro bus hasta Alausí, ya que nos acabamos de enterar al llegar que las vías del tren están en obras en esta localidad y no es posible pillarlo. Jamadica buena. Pero es que en estos países te pueden pasar cosas de este tipo de vez en cuando: llamamos desde Baños a la estación y no pillaban, y en internet tampoco había explicación a la más mínima duda que teníamos.

El caso es que pasamos cuatro horas durmiendo en un hostal muy, muy asqueroso, pegado a la estación, y en el que ninguno quisimos ducharnos ni de noche ni de día (que seguía siendo de noche), de lo cutre, repugnante y frío que era el baño (y con la denominación de baño estoy siendo muy, muy generoso). Y lo peor de todo, es que después del madrugón, después de pillar otro bus hasta Alausí, al final no pillamos el tren que llevaba hasta la Nariz del Diablo. ¡Mi gozo en un pozo! El problema es que era bastante caro, era el doble de lo que nos habían dicho, y por mayoría democrática en la reunión del equipo, salió que no íbamos. Y era el único en este caso que quería hacerlo sí o sí. Pero me dio bastante pereza hacerlo solo. Así que nos marcamos un desayuno de campeones en el salón de una mujer del pueblo, y a seguir viaje. Y lo del desayuno como suena: nos guió un hombre hasta su casa, nos metió en su salón, y su mujer nos preparó un desayunaco en toda regla. Y el detalle del hombre, de encender la tele, darnos el mando de la misma, e irse de su propia casa, es digno de aplauso. Ovación diría yo.

Lo del tren fallido nos pillaba de camino en nuestra ruta, así que a pesar de la jamada, era un mal menor. Pero sí que me dio pena, porque el paisaje nos contaban que debía de ser espectacular. Y viajar en tren por esos remotos lugares, tiene como un rollico especial. Nunca se me olvidará el viaje en tren con parte de la muchachada, entre Praga y Budapest,  que nos pegamos hace ya seis años. Precioso. Inolvidable.

Es viernes, y de nuevo pillamos otro bus hacia el sur del país, hasta la ciudad de Cuenca (¡Cuencaaaaa! Qué vivan los tunantes), última parada en Ecuador antes de pasar a Perú.

Días 42 y 43: Baños

Es pelín complicado retomar el blog después de tantos día sin tocarlo, y eso que voy tomando notas en el bonito cuaderno que me regaló antes de nuestra partida mi amigo, el gran KikiBoy.

Lo dejamos en Quito, y debo decir que, seguramente, haya sido el sitio en que menos a gusto hemos estado hasta ahora. O en el que peor nos han salido las cosas, por mala suerte, también puede ser. Pero la ciudad, se mire por donde se mire, encanto creo que no es lo que desprende. Es fría, es insegura, y, hasta cierto punto, me parece fea. Eso sí, la fiesta que nos pegamos el lunes, día 41 de nuestro viaje, fue de quitarse el bombín. Y era lunes... Nos dijeron que el ambiente festivo iba in crescendo desde el lunes hasta el finde, que es el clímax. Así que podemos dar gracias de que fuese el primer día de la semana, porque si no igual seguimos de farra por ahí. Se montó una buena en el hostel, con mucho billar, mucho ron y cerveza, y mucho aguardiente (al final le hemos pillado cariño y todo a esta bebida del demonio); y como siempre, los españoles nos erigimos en los abanderados del asunto. Luego dicen que hay muchos topicazos, pero peña de todo el mundo alucina con lo que nos gusta estar de fiesta. "Estar de fiesta", esta expresión que tanto utilizamos en España, que tantos y tan diferentes y subjetivos ambientes y situaciones puede abarcar, pero que a todos y a cada uno nos encanta.

Dejamos el martes, después de comer, la capital de Ecuador. Nos dirigimos hacia el sur, a Baños. El lugar, por lo que nos contaban, podía ser muy del estilo de San Gil: pueblo en plena naturaleza donde se pueden practicar diversas actividades al aire libre (extremas y tranquis). Y sí, era como pintaba.

El martes viajamos, nos instalamos en el hostel, hicimos comprita, cenamos, y poco más. Pero el miércoles ya estábamos arriba como a las ocho de la mañana, listos para dar guerra: el rollico era un descenso en bicicleta, y luego un rafting molón. ¡Y qué bueno! Fueron unos dieciocho kilómetros en bici (bajando o en plano) en carretera, parándonos como dos veces en dos cataratas para hacer las fotos guiris pertinentes. En la segunda catarata casi me cago. Nos metieron a los cuatro en una especie de invento, mitad tirolina gigante, mitad "Huevo" de Formigal. De lado a lado de un cañón altísimo, y nos dejaban ahí colgados, en mitad del cable, encima del río, a no sé qué jodida altura para hacer unas fotos. Bastantes fotos. Yo no fui capaz ni de sacar la cámara del bolsillo del cague que llevaba. Y Leo estaba igual. Sus muelas, qué vértigo. Menos mal que no hacía ni una mínima brisa de aire porque igual me da allí arriba un jare del horror. También hay que reseñar que el pavo que manejaba el invento este, daba menos seguridad que un chimpancé ciego y manco. Vaya colega, parecía Disco Stu (el de los Simpson) en versión hippie. Menudo colgao.

Después del recorrido en bici, que nos supo a poco (claro, todo cuesta abajo mola. Deporte pa españoles), tocaba el rafting. ¡Y qué ganicas teníamos! Volvemos a confirmar: este deporte es guapi de la muerte. ¡Cojonudo! Nos marcamos un nivel IV, con algún tramo de V. Fuck yeah! Divertidísimo de nuevo, y esta vez sí que nos metimos cañita de la buena. Hubo alguna ola que otra muy serias, y la verdad es que había que aplicarse con la movida. De hecho, el amigo Leoncio se pegó un susto de los buenos. ¡Se cayó al río y todo! Nos quedamos atrapados en un remolino, no salíamos ni pa un sitio ni pal otro, y, de repente, hasta luego Pedonidas. ¡Vaya gepeto se le quedó al loco! Cayó debajo del bote, no pudo salir a la superficie al primer segundo, y claro, se cagó por unos instantes. No pasó a mayores, menos mal, y a los dos minutos le recogimos un poco más delante, pegado a la orilla derecha del río Pastaza. La verdad es que fue un momentazo, pero no estoy seguro de que Leo esté totalmente de acuerdo... De todas maneras, todos queremos seguir dándole a esto, y cuanto más difícil mejor... Creo que hasta que yo no me dé un buen susto con esto, no voy a ver el peligro que de verdad entraña; y es que, en algunos ríos, practicando este deporte, hay siempre un número fijo de muertes al año. ¡No se asusten! Pero claro, es rafting, no es como irte a las barquitas del Retiro un domingo de primavera por la tarde.

No hicimos mucho más en Baños. Éstos sí que se fueron un día a unas piscinas termales que hay a las afueras del pueblo, muy populares de hecho, pero a mí no me apetecía y pasé. Por lo visto era un poco bufete y Leo y Javi ni se metieron; Anita sí que estuvo un par de horas relajándose allí. Y el miércoles por la noche, los boys nos fuimos a dar un garbeo por la noche, ya que nos dijeron que había ambiente casi todos los días. Bah, poca cosa. Algún grupo de gringos y poquito más.  Ingerimos unas birrens, jugamos unos billares (hay partidas, bueno, más bien golpes, en los que parecemos unos cracks, pero en la gran mayoría de partidas que jugamos nos cuesta meter una bola horrores. Vaya paquetes) y ya no había ni un alma en ningún sitio, la verdad es que ya era tardecillo.

El jueves por la noche pillamos otro bus dirección sur. El objetivo es meternos en un tren el viernes por la mañana, a primera hora, hacia la Nariz del Diablo. Suena a peli, ¡¿eh?!

  

lunes, 7 de noviembre de 2011

Día 41: Quito

Por primera vez en todo lo que llevamos de viaje, y por lo tanto, todo lo que llevamos de blog, estamos actualizados, ¡vamos al día! No me lo creo, maños míos. Sí, hermanos, hoy es lunes, seguimos en Quito, y aquí son las 16.00 ahora mismito. Estamos todo el equipo metidos en un ciber de al lado del hostal. Cada uno con sus movidicas. Aquí a mi vera, a la derecha, tengo al señor Miret subiendo fotos al blog como un loco. Así que ya sabéis: mirad las entradas anteriores porque hay muchas fotis nuevas de Turbo y de Capurganá. Aquel paraíso...

Hoy nos hemos despertado a las 07.30 de la mañana. No está nada mal después de acostarnos como a las 02.00. ¿El motivo? Hemos quedado con el americano (joder, entre nosotros le llamamos John, pero no tenemos ni flowers de si es así o no) y con Jasper a las 08.00 para hacer una excursión en toda regla. El rollo ha sido pillar un par de taxis hasta la base del teleférico. Una obra arquitectónica que les ha costao un buen puñado de millones de dólares. La idea era subirse en él, y después de 2,5 kilómetros de trayecto, llegar hasta una altitud de unos 4.100 metros. Y no contentos con ello, el objetivo era hacer una subida (de unas tres horas) hasta arriba del todo, unos 4.600 metros. Te cagas, Moragas. Peeeero, siguiendo con el karma malo(el mítico Karl Malone) que nos asfixia desde que llegamos a Quito, ha sido imposible. Y es que hace un día de perros. No merecía pagar y subir, y mucho menos hacer la excursión posterior, porque no se veía una mierda desde arriba. Niebla, lluvía y bien de frío.

Nos hemos vuelto andando (bajando, menos mal) hasta nuestro barrio, un buen ratico, la verdad. Por aquí hemos ido hasta el rocodromo, plan B a la jamada anterior. Pues tampoco. Después de patear bien de rato bajo la lluvia, hemos llegado allí y no hemos podido escalar. Estaba abierto, eso sí, estaba cubierto, eso también, pero no tenían pies de gato para alquilar. ¡Sólo tenían hasta el número 38! Sus muerts. Flipando. Sólo podía subir Anita, ni siquiera, Piña, con su pie de bailarina rusa de ballet, podía calzarse la movida. ¡Qué mierda! Nos hemos quedado con las ganas de subir como monos. Yo la verdad es que no lo he hecho nunca, pero lo de trepar por todos los lados siempre me he hecho gracieta. Ya probaremos en otro sitio. Eso sí, la dueña no sé a qué aspira: hoy ha perdido unos cuantos dólares. Y eramos los únicos que estaban en su rocódromo. Ya aprenderá que el ser humano evoluciona y la peña en general empieza a tener unos buenos pinrreles. Al menos fuera de Ecuador...

Después de toda esta frustada mañana, nos hemos metido al ciber a pasar el rato, a actualizar el blog, y a esperar que deje de llover, aunque para de llover un fajo. Ya son las 16:22. Llevamos aquí metidos un buen rato. Luego vamos al hostel porque los lunes, miércoles y viernes, preparan unos litros de ron cola gratis para todos los huéspedes. Así que ahí estaremos. Ahogaremos nuestras pequeñas frustracioness quiteñas en ron barato. Y bueno, a ver si hay algo de ambiente, porque tenemos ganas de ver un poco de vida nocturna de esta ciudad.

Mañana nos vamos hacia el sur, a Baños. Pinta muy bien, pero nos tiene que acompañar el tiempo, porque si no, será un full. Allí queremos hacer varias actividades al aire libre, rollo San Gil. Yo confío y rezo al Sol para que no nos abandone. No somos nada sin ÉL.

Familia, amigos, conocidos, aquí lo dejamos. A pesar de lo bien que estamos, y lo mucho que estamos gozando, se os echa de menos. Hay momentos para acordarse de todos y cada uno. De verdad.

Es lunes, estamos en Quito, y son las 16:28 hora local.

Besitos&abrazos

Día 40: Quito

Amanecemos, recogemos, y nos piramos del hostel. Es caro, el ambiente es más parecido al de una residencia de la tercera edad que al de un hostal de mochileros, y encima, son unos brasas: imponen más restricciones que en la mili. ¡Ay, la mili! Que no sé ni lo que es. ¡Que nosotros no la pillamos! Jijijijji.

Llegamos al nuevo hostal, también por la misma zona, recomendado por una americano (amigo de Jasper) que también estaba en el anterior hostal, y que también lo va a dejar para pasarse al nuevo. Como siempre, dejamos los macutos, y nos disponemos a patear la ciudad. Jasper se viene con nosotros. Queremos ir al centro histórico, la Ciudad vieja, donde se encuentran casi todos los museos, todas las iglesias y catedrales, y donde se percible la vida real y cotidiana del quiteño de a pie.

Vamos andando, unos cuarenta minutos, aprovechando que es de día, ya que de noche todo el mundo recomienda no pasear por ninguna calle de toda la ciudad. Parece exagerado pero es así. Los taxistas, los policías, los de los hostales, la guía de Lonely planet, hasta el payaso de Otavalo, nos insisten en que hay que extremar la precaución, que no se puede pasear de noche (siempre en taxi), y que tenemos que ir siempre en grupo y nunca solos. Psicosis total. Si haces caso, al pie de de la letra, a todas esas recomendaciones, directamente, sólo podríamos andar por tres calles de toda la ciudad y hasta las seis de la tarde. Un cebatil.

Paseamos por el centro, hacemos fotos, vemos iglesias, pero en muchos lugares no podemos entrar porque es domingo. Aquí los domingos no se puede hacer ná de ná. Está todo cerrado, no se pueden visitar los museos, y la mayoría de la gente se debe de quedar en casita. Ni venden birras (sólo en algunos restaurantes y en algunos hostales), porque está prohibido. Demasiado a saco. Y, además, vas paseando por el centro y en cuanto te sales de las cinco calles más turísticas, la poli ya te está diciendo que te des la vuelta porque la zona empieza a ser chunga. Qué coñazo. Se agradece, pero toda esa precaución, todo ese miedo a que atraquen o le den un susto al guiri, limita mucho el tema.

No hay mucho más que hacer. El domingo aquí es la muerte en vida. La verdad es que no estamos teniendo mucha suerte con esta ciudad, pero siendo sinceros, tampoco es que nos esté maravillando. Quizá sea porque hemos llegado en dos días malos de cojones, pero de momento la cosa aquí no está yendo como esperábamos. Es la capital del país, pero no lo parece. Para nada. Al menos este finde...

Pasamos la tarde en el hostel, birreando mientras jugamos al billar. También un ratito de interné, que ya tocaba. Y haciendo amiguetes. El americano, un italiano, otro yankie, todos jugando al billar, pasando una larga y gris tarde de domingo. Y es que el tiempo no acompaña. Por la noche hace rasquilla. Hay que ponerse calcetines (shit!), y hasta la chupa gorda. No mola. Esperemos que mañana, lunes, y último día entero en la capital, se nos dé mejor y cambie un poco el panorama, ¡porque este final de jornada ha sido pelín desolador!

Antes de sobar hemos visto, al menos, un par de buenas pelis en la tele por cable que tienen en el salón del hostal: Promesas del Este (bueeeena), y El Padrino. ¡Vaya peliculón, joder! Te la puedes ver una vez al año, durante toda tu perra vida, y nunca, nunca, nuca te cansarás. Obra maestra.

Quito: queremos más de ti. Sorpréndenos.

Día 39: Quito

Ciertamente, todo el pueblo se vuelca en el mercado de los sábados. Viven de eso. Es su principal (y casi única) fuente de recursos. La plaza Ponchos se pone hasta la bandera, y todas las calles colindantes, por no decir todo el pueblo, también se ve invadido por puestos y puestos de venta de artesanías.


Quizá sea porque las expectativas eran muy altas, o porque no es algo realmente nuevo ya que en España hemos visto muchos puestos de este tipo, pero no me ha parecido que la experiencia haya sido tan brutal como la pintaban. Sí, es un pedazo de mercado; sí, tienen absolutamente de todo y hay muchos objetos que son auténticas obras de arte; sí, es bonito, divertido e interesante; pero tampoco va a ser algo que marque mi vida (exagerando un poco), ni mucho menos. Es el mercado de artesanías más grande de Sudamérica, y por eso mismo, me imaginaba una explanada en la cual te podías perder (literalmente) durante horas y horas. Pero no es pa tanto. Aún así, repito, lo hemos pasado muy bien, y hay productos que son una maravilla. Y claro, absolutamente todo hecho a mano. Hay cosas que son una pasada. Al final todos nos hemos comprado algo, porque nos apetecía y porque es un bonito recuerdo. Pulseras, tobilleras, sombreros de paja, bufandas o fulares, ésas han sido nuestras adquisiciones. ¡Ah! ¡Y un dedal de recuerdo para la madre de Fredi G. López! Por fin hemos encontrado uno, porque en Colombia cada vez que nos acordábamos, no tenían. Y todas estas compritas casi siempre regateando con el/la indígena de turno; esa parte también es de lo más divertido. Muchas otras movidas nos hubiésemos pillado, sobre todo para regalar a la peña, o para decorar la casa, pero... ¿¿Ande lo metemos?? Aún así, tranquilos, seres queridos, ya irán cayendo cosicas poco a poco...

Despues de mercadear, y después de comer un pollo asado (mejor en Colombia), hemos hecho una sesión de fotos desde lo alto de un hostal. La idea es brutal. Anita se ha disfrazado de Wally (disfraz de Leo del Halloween de Bogotá), y se ha metido a dar vueltas en medio de todo el mercado. Y Javi y Leo haciendo fotos desde lo alto con sus cámaras. ¿Os acordáis de los libros de "¿Dónde está Wally?"? ¡Jajaj! Awesome! Nos hemos propuesto hacer una serie de fotos de este tipo en cada parada del camino en las que se pueda hacer. ¡A ver si encontráis a Wally, familia y amiguicos! Por cierto, que Wally en Francia es Charly. Pero no. Nuestro Charly ya sabemos todos quién es, y está en Mañoland, con la mejor panda de amigos que uno pueda imaginar. ¿¿¿SÍ O NO???

Tras la paridica de Wally (¡y cómo nos gusta!), toca mover. Vamos al hostal, pillamos las mochilas que ya teníamos preparadas desde por la mañana, y nos vamos a la terminal de buses. Tres horas de viaje y ya estamos en Quito. El viaje se me ha hecho muy cortito. ¡Y qué baratos son los buses en Ecuador! De momento es la mayor diferencia (de precios) respecto a Colombia. Allí no es que fueran caros, pero es que aquí son una ganga.

Llegamos a la capital de Ecuador como a mitad de tarde. Hace fresquito, y es que estamos a más de 2.800 metros de altitud. Casi ná. Pillamos taxi para que nos lleve hasta la zona conocida como Ciudad nueva. Como El Poblado en Medellín, es la zona donde acuden casi todos los mochileros, donde residen la clase alta y media de los quiteños, y donde está la zona de salir y de los centros comerciales, tiendas y restaurantes internacionales. En el taxi nos percatamos de que la ciudad está vacía, desierta. Es un canteo. Parece la peli de Amenábar, la de Abre los ojos. Calles y avenidas desangeladas, donde no se ve ni un alma. El taxista nos cuenta que, aunque sea sábado, hemos pillado un puente largo, y todo el mundo se ha pirado a las playas, o al Oriente. Qué bien, qué suerte... Nos dice que hasta el lunes muy poquita gente va a haber en la ciudad. Y parece que no miente, porque está todo chapadísimo.
 
Después de probar en un hostal, finalmente nos hemos metido en un que estaba cerquita. Tampoco era lo que queríamos, ya que esperábamos precios bastante más bajos. Pero ya es de noche, estamos cansadetes, y no es cuestión de recorrernos toda la ciudad en busca de algo que nos encaje. Esto no es pequeño, y lo que tampoco es, es una ciudad segura. Así que nos instalamos un poco a regañadientes, y hacemos compra para cenar en el hostal y beberciar un poco antes de conocer la noche de la capital de Ecuador.

Bien de cenar (¡pasta! Siempre que cocinamos hacemos pasta, porque es fácil, porque cunde mucho, ¡y porque la echamos de menos!), bien de cervecear, y partiditas de cartas con un alemán bastante majo. Al final no hemos salido de fiestuki. Anita y Javi sudaban, y Leo se ha quedado sobado. La verdad es que el ambiente no era un festival. Pero el rato ha estado bien, porque además de conocer a Jasper (el kartofen), hemos estado charlado largo y tendido con Emilio, un ecuatoreño que se dedica a la escalada, y que nos ha contado varias historias de alpinismo muy brutales, junto con varios consejos interesantes para nuestra estancia en el país. Buen ratejo, y aunque ya lo sabíamos, nos ha quedado clarinete que los escaladores profesionales están hechos de otra pasta. Qué tíos. A su lado, los ciclistas parecen jugadores de poker.

Hora de mimir, y mañana domingo, a darle caña a la ciudad, ya que tenemos planeado sólo estar un par de días y largarnos hacia el sur el martes. ¡A ver qué nos depara Quito!

Día 38: Otavalo

Otavalo es pequeñito y, como ya he dicho, quitando el mercado de los findes, no tiene mucho más que ofrecer. Pero la gente es muy agradable. Son muy tranquilos, muy apacibles. Y puede que sean más pobres que los colombianos, pero en ningún momento te avasallan para venderte nada. Parecen mudos al aldo de los expresivos y exultantes habitantes de Colombia.

Además de ese tranquilo y sencillo carácter, lo que más llama la atención, son sus vestimentas: en este pueblo la gran mayoría de personas adultas visten sus trajes tradicionales. Los hombres van con oscuros sombreros de fieltro de ala corta, con trenza hasta mitad de la espalda, con poncho, pantalones como hasta debajo de la rodilla, y alpargatas del estilo de las menorquinas. Y ellas también van (algunas) con sus sombreros, con blusas blancas bordadas, y largas faldas hasta los tobillos. La gran mayoría de la población es indígena o mestiza, no se ve ni un blanco ni un negro.Y, casi todos ellos, ¡son muy, muy bajitos! Anita es más alta que muchos hombres de por aquí. Normal que el basquet no les llame mucho...


El día ha sido tranquilillo, hemos paseado por el pueblo, hemos visitado el mercado de alimentos, también hemos visto ya algún puesto de artesanías tempranero, y Leo y yo hemos comido en un restaurante típico ecuatoreño. Menú del día habitual. No estaba mal, pero no tenía nada nuevo respecto a la comida colombiana; eso ha sido un poco chasco. Anita y Javi se han quedado en el hostal ya que Anitosss se encontraba a morir. Se ha tomado un zumo de mora esta mañana en el desayuno, y a las tres horas le ha metido un meneo en el estómago que no podía ni estar de pie. Ha potado en la calle y todo, la pobre. Y luego ya en el albergue ha echado las papas como cuatro veces más, con unos escalofríos de aúpa. La movida es que el zumo llevaría agua de grifo y no es Vichy Catalán que digamos. Lo ha pasado realmente mal durante unas horas, pero es chica fuerte y a mitad de tarde ya estaba recuperada y con ganas de dar una vuelta.


















Antes de su vuelta a la vida, los chicos nos hemos comprado un balón de furgol y nos hemos ido a jugar un par de horas, después de comer, con un solecito muy rico. Hemos visto un campo que estaba cerrado, pero dando otra vuelta, hemos encontrado un campo de hierba que estaba que te cagas. Era el de la Policía. Preguntando antes a un madero, nos ha dado luz verde. Así que lo hemos pasado muy bien ese ratico. Una pena que no hubiese ningún chaval jugando o alguno poli para echar un buen partit a campo completo. Otro día será, porque la bola ya nos la llevamos en nuestro equipaje. Sudamericanos en general, y futboleros en particular, aquí los españolitos campeones del mundo, junto con el fichaje de un francés españolizado, os retamos en cualquier país, en cualquier ciudad, en cualquier terreno de juego, para demostraros que al fútbol, hoy en día, se gana con acento español. ¡Toma, toma, toma, que me vengo arriba!

Por la tarde-noche, hemos ido a la plaza de los Ponchos, núcleo central del mercado y lugar donde más vida hay en este lugar. Cerveceo, comida de puestos callejeros, y risas viendo a un payaso que estaba montando un humilde show en mitad de la plaza. El tío era un cachondo e improvisaba muy bien. Por supuesto ha tenido que hacer alguna gracia con y de nosotros, pero lo que no hacía nunca era dejar de reírse de él mismo y de sus compadres, los ecuatoreños. Después de la plaza, y sin mucha aspiración de conseguir una buena farra, nos hemos ido hacia la calle donde están todos los garitos de marcheta. Y, bueno, si el dia había sido tranquilito, la noche al final ha sido un festival. ¡Qué risas! Nos lo hemos pasado pipa. Sin esperarlo (como suele pasar) y sin verlo venir, nos hemos pillado los cuatro un moco muy divertido. ¡El chupiteo es lo que tiene! Vaya bailes, vaya vídeos, y vaya fotos que nos hemos marcado. La gente del poblado alucinaba un poco, pero también estaban encantados. Muy buena gente, a la mayoría se les nota a la legua, y sólo basta con mirar a los chavales un segundo a los ojos.

A sobar la mona, y mañana, prontito, a perdernos en el tan cacareado mercado de Otavalo.

Día 37: Otavalo

¡Ya estamos en Ecuador! Había ganitas de cambiar de país, y eso que no tenemos queja alguna de Colombia, ¡al contrario! Después de otras ocho horas en bus, y de estar como dos horitas más en Ipiales haciendo las oportunas gestiones en la frontera, hemos pillado un bus en Tulcán para que nos llevase hasta Otavalo, nuestro primer objetivo en este país.

La primera impresión (en el bus) del país, es que parece estar más limpio que Colombia, que las carreteras están muchísimo mejor, y que la gente, en general, es bastante más tranqui que en el país vecino. El paisaje, de momento, es parecido, quizás menos verde; y el estilo de vida también parece semejante, aunque es pronto para decirlo.

Aterrizamos en Otavalo como a mitad de tarde, ya casi de noche. Es jueves. El timing lo hemos hecho perfecto, ya que lo único interesante de esta localidad, es el mercado de artesanías que montan cada fin de semana. El sábado es el día bueno, pero recomiendan llegar el viernes prontito para pillar sitio en los hostales, ya que se debe petar casi todos los findes del año.

Encontramos un hostal como queríamos: muy barato. Es bastante cutre, pero sólo queremos sobar allí y poco más. Nos instalamos, y rápidamente vamos a cenar algo, porque llevamos muchas horas con muy poca comida en el estómago y estamos a puntico de desfallecer. Después de papear en el primer sitio para guiris que encontramos, sólo nos queda ir al hostel y vegetar un ratito viendo la tele antes de sobarla a tope. Mañana, de día, y con fuerzas renovadas, nos dispondremos a conocer este pueblo.

Estamos contentos. Una nueva etapa del viaje acaba de comenzar. Siempre nos hace ilusión la intriga de una nueva, diferente y desconocida parada en el largo camino que es este cojonudísimo e inolvidable viaje.

Día 36: Popayán

Salimos de noche desde Medellín, y después de ocho horas hasta Cali, y cuatro más después, llegamos a Popayán. Nos hablan muy bien de esta pequeña ciudad, destacan su centro histórico de tipo colonial (muy bien conservado), pero para nosotros realmente sólo es una pequeña parada técnica antes de llegar a Ecuador.

Llegamos como a mitad de mañana, dejamos todo el material en el hostel, y nos disponemos a conocer la ciudad, ya que esta misma noche partiremos hacia nuestro siguiente destino. Aunque estamos algo cansados del viajecito, la jornada nos cunde y mucho. Hemos paseado varias veces por el centro, y, sinceramente, a mí tampoco me ha parecido nada del otro mundo. Puede que ya esté un poco saturado del rollico colonial, pero es que, por ejemplo, Cartagena le da mil vueltas a Popayán en este aspecto. También hemos subido hasta un pequeño cerro al norte de la ciudad para ver las vistas y tomar alguna fotuki; hemos comido un menú del día ( tremendo y muy barato) en un restaurante típico colombiano (¡última comida colombiana!); y también hemos estado de cañas en un bareto bastante guapo: el tipo te pinchaba toda la música que le pedíamos, y además tenía una colección de vídeos de música muy jefa (desde pequeño me he pegado horas y horas en el sofá viendo vídeos de música; me flipa y me atrapa).

Al final, entre una cosa y otra, y después de estar un rato en la universidad con toda la muchachada joven de la ciudad, se nos ha hecho pelín tarde y hemos vuelto al hostel para intentar sobar cuanto antes, ya que nuestro bus hacia Ipiales (última parada antes de Ecuador, justo antes de la frontera) sale a las cinco in the morning. Dolorrr. Cuatro horitas durmiendo y de nuevo a meternos bien de rato en un bus. Es lo que hay. Hemos pillado este horario porque cualquier otro podía ser muy arriesgado. Tenemos que llegar de día a la frontera, porque de noche se producen bastantes asaltos a los buses. Nos cuentan que montan convoys de buses escoltados por policía, pero tampoco lo deben de hacer siempre, y aún así, se siguen sucediendo estos asaltos nocturnos. Vaya tela. Me imagino a unos bandoleros, con sus escopetones, y con sus bigotacos, parando el bus en mitad de la noche, y ofreciéndote tu vida a cambio de tu mochila. Y los locales te lo cuentan como si nada... Como si fuera el peaje de la autopista Zaragoza-Barcelona. Otro mundo, amigos.

Y, en unas horitas, Ecuador. ¡Vamos que nos vamos!

domingo, 6 de noviembre de 2011

Días 30-35: Medellín

Medellín: ciudad canalla. Así es, o así la hemos conocido nosotros. Después de la paz extrema de Capurganá y alrededores, nos apetecía un poquito de ciudad, y un muchito de fiesta. Pa qué negarlo.

El señor Miret y servidor hemos estado mano a mano aquí hasta el domingo por la tarde (desde el miércoles trade-noche), que por fin llegaron Anita y Leo desde Bogotá. ¡El equipo al completo de nuevo! Ya era hora, la verdad, porque nos hemos echado todos bastante de menos. Pero a pesar de seguir los dos solitos, lo hemos seguido pasando muy, muy bien. Y es que Medellín es una ciudad muy diver. Hay mucho ambiente, muchos garitos para rumbear, muchos guiris con ganas de fiesta, y mucho paisa (así se les conoce a los lugareños de por allí) que tiene tanto espíritu de pasarlo en grande como los españoles.

Nos hemos instalado en el barrio llamado El Poblado, donde residen los paisas con buena pasta, y donde acuden la mayoría de mochileros. Barrio de clase alta, de precios algo caros y que también es la Zona Rosa de la ciudad. El hostal se llamaba Casa Kiwi, y lo menciono porque es el mejor hasta la fecha. Limpio, acogedor, con ambientazo, billar e internet gratis, buena música, y todo lo necesario para estar a gustito varios días.

Esa zona de la ciudad no tiene nada que ver con el centro; allí todo es un poco locura. Hay muchísima gente por todos los lados, las calles son más sucias, y el mal te acecha en cada esquina. Porque en esta ciudad parece que la prostitución y las drogas fuesen juegos de muñecas y caramelos. Bastante impactante. De día y de noche ves a niñas de quince años en muchos portales del centro, haciendo la calle, haciendo lo que pueden, imagino. Pero cuando cae el Sol, el canallismo va creciendo, poco a poco, hasta límites insospechados... Jóvenes paisas se reúnen en plazas, y allí dan rienda suelta a todos sus vicios, sin cortarse ni un pelo. Bolsas de cocaína, columnas de humo de marihuana... Así como suena, y todo ello delante de todo quisqui que pase por allí. O a la policía le da igual, o no dan a basto, o están más metidos en el ajo que el mismísimo Escobar en su época. El Patrón, le llaman. Y todavía por aquí hay gente que le adora.

Además de rumbear  a tope y flipar con ciertas cosas, también hemos pateado Medellín durante el día, por supuesto. El caótico centro, con sus innumerables tiendas de ropa (la industria textil aquí va a todo trapo, nos contó una mujer que conocimos paseando. Hay copias de todo lo que te puedas imaginar, como hacen los chinos), tropecientos locales de comida rápida, las prostitutas, el tráfico loco colombiano, y los indigentes. Es bastante duro encontrarte con tíos tirados en el suelo, literalmente. Dormidos, inconscientes, o muertos... La peña pasa a su lado como si nada, y es algo corriente, porque cada día te encuentras con más de cuatro hombres en estas infames condiciones. Bastante fuerte.

También visitamos el museo de arte moderno de la ciudad (Piña y yo), bastante flojete, ya que estaban en pleno proceso de montaje de una exposición. Estuvimos paseando por el jardín botánico, donde lo más destacado fue ver unas iguanas del horror. Joder, no sabía que esos bichos podían ser tan enormes. ¡Y no sabía que trepaban a los árboles! Trepan y muy bien, de hecho. Vaya susto, co. Además de todo eso, pillamos un teleférico que subía por la zona más pobre de Medellín. Ascendía lentamente por una zona de fabelas. Era de día, hacía bueno, y quisimos bajar luego andando por todas  ellas (preguntando antes a un madero, claro). Otro mundo. La gente nos miraba, flipaba un poco, y también se reían de nosotros. Era Halloween y varios cachondos nos preguntaron de qué íbamos disfrazados. La conclusión que sacamos de este paseo es que tuvimos suerte: cuando llevábamos media hora bajando por esas calles, un poli nos dijo que qué coño hacíamos paseando por allí. Nos escoltó hasta un taxi y nos dijo que nos fuésemos de allí porque era uno de los barrios más chungos de la ciudad. Hombre, no era la Castellana, pero tampoco nadie nos dijo nada malo... Pero sí, somos gente con suerte. Y, joder, ¡hay que ver un poco de todo!

Han sido 5-6 días intensos y divertidos. Nos ha gustado Medellín, es más manejable y acojedor que Bogotá, aunque hay que saber controlar su punto de locura. Ahora debemos partir hacia Popayán, última parada antes de llegar a Ecuador, próximo país de destino. Vamos a pasar de Cali porque nos han ido advirtiendo que allí las cosas todavían siguen algo calientes, y que es mejor no arriesgar. Como le eches el ojo a alguna niña, y que ésta sea la churri de un tipo del cártel, ya te puedes ir despidiendo de todo. Suena a peli, pero es lo que los colombianos nos cuentan. Por allí todavía debe de haber mucha mierda, y muy seria.

Es hora de mover de país, porque queda mucho por ver y estamos alargando demasiado nuestra estancia en Colombia. Encantados de la vida, claaaaro. ¡Pero esto es un no parar!








 

martes, 1 de noviembre de 2011

Día 29: Capurganá

Último día aquí. Todo se acaba, y lo bueno, ni te cuento. Lo hemos pasado en Capurganá. Además de que queríamos estar más bien pasivos, es que tampoco quedan ya excurisones que podamos hacer en el día. Todo lo que nos han dicho que se podía ver, lo hemos visto. Mola. Mola visitar sitios nuevos e intentar conocerlos a fondo. Al menos hay que intentarlo.

Playita, nuestro árbol, nuestro banco, nuestra terracita de la señora mayor para beber birras, nuestros paseos por el pueblo, nuestra repostería casera, nuestras arepitas con queso y arequipe... Ha sido un pequeño repaso de las cosas que hemos ido haciendo estos días en este lugar. Cosas sencillas, pero todas ellas de puro gozo.

Ha sido un poco movida los dos últimos días, porque nos quedábamos sin dinero. Nos queríamos dar un buen homenaje el último día, pero no ha podido ser. Aquí no hay cajeros. Ni cambian dinero. Ni aceptan tarjetas en ningún sitio (ni si quiera en los hoteles de la playa para los colombianos con mucha plata). Un poco de cabrón, pero es así. Ya lo sabíamos, pero al final hemos llegado muy justos de pasta. Justos de cojones, porque llevamos dos días que sólo podemos comer repostería casera (hiper barata)... Hay que entender que la cerveza en el Caribe es tan necesaria como el oxígeno o como el repelente de mosquitos para por la noche. Innegociable. Vital.

A pesar de no tener ni un pesito colombiano para cenar esta última noche, no nos podemos quejar de nada. Han sido seis días fantásticos. Es extraño pillar tanto cariño a un pueblecito en el cual se va toda la electricidad del mismo como tres o cuatro veces al día, y que de hecho, cortan la electricidad de todo el pueblo todos los días de dos a siete de la mañana (excepto en los hoteles y un par o tres de hostales). Pero debe de ser eso lo que engancha: la sencillez. La humildad. La calma. La felicidad que tiene todo el mundo aquí con lo poco que tienen. Bueno, poco... Viven en un lugar que es una auténtica maravilla, pero creo que muchos de ellos no lo saben, porque nunca han visto otra cosa.

Ya no sé qué más decir de este sitio. Me repetiría. Capurganá, volveremos a vernos. No cambies mucho, porfa.

Día 28: Capurganá

Ayer fuimos a la bahía del Aguacate. Y esta vez no nos perdimos. ¡Bieeeen! ¡Qué mayores estos chicos! Va a ser que es porque no teníamos que pasar por la jungla, porque sino... Siguiendo la costa hacia el sur, hacia Colombia digamos, se encuentra esta diminuta bahía. El paseo no estuvo tampoco nada mal, y al llegar allí, lo de siempre: sol, arena, mar, alguna cervecita, fotos, lectura y relax. Es una pena, y es bastante extraño porque no pasa en ningún otro lugar de la zona, pero había una parte de la playa que estaba acumulada de mucha basura. Bastante mierda, sí. La excepción que confirma la regla.

¡Y hoy hemos llegado hasta Panamá! Oh yeah. Hemos estado sólo unas horitas, pero siempre hace ilusión poder decir que estuvimos en otro país más. Suma y sigue. Hay que cruzar la jungla otra vez hasta Sapzurro, y en lo alto de la montaña que está detrás de esta aldea, se encuentra la frontera con Panamá. Es una subida del horror, por unas escaleras que se caen a pedazos, y que después de llevar más de una hora de excursión, y con un calor que te torras, cuesta subir la rampa un potosí. Allí arriba están los puestos fronterizos de los militares. Mu tranquilotes. Te piden el pasaporte y nada más. En la mochila podríamos haber llevado tres kilogramos de cocaína y un par de semi-automáticas, pero no pasa nada. ¡El Caribe, mi hermano! La aduana "oficial" por llamarla de alguna manera, es puerto Obaldía, que es un poco más al norte. Allí imagino que los chequeos de equipaje serán más serios. Por mucha sangre caribeña que tenga toda esta peña...

En Panamá hemos estado en el pueblo llamado Miel, en la Playa Blanca. Una pasada. El agua es turquesa, súper clarita. Yo estaba flipando, porque te metes sólo dos metros en mar adentro, donde el agua no te llega ni a la cintura, y ves tus pies rodeados de pececitos de colores, de rayas amarillas y negras. ¡Los pescaditos intentaban comer de mis pies! Bestial.

Hemos comido, nos hemos bañado mucho rato, hemos hecho buenas sesiones de fotos (dentro y fuera del agua), trepamos por palmeras... Mucho disfrute. Y la playa casi, casi para nosotros también. Había sólo unos pocos lugareños trabajando en el muelle, o pescando algo. ¡Ah! Y me llevé el cachirulo. ¡Me acordé! Quiero que tengamos mañicas fotos en todos los países que pisemos, así que hoy era la única oportunidad para Panamá. Hay que decir que cuando ponemos el rollo turista en mode on, tampoco nos gana nadie.

Ha sido una gran idea el venir aquí, me ha hecho ilu. Hacemos deporte con las pateadas que nos metemos, y luego, cuando llegas a los sitios, da un gustazo muy rico. Además, este mar y esta playa eran top, como diría el señor Mourinho. Nos queda ya un único día en este paraíso, mañana. Va a ser duro volver a la vida normal. O la que nos han vendido que es normal. Como dice la canción de Everclear: "I don`t wanna be normal like you".

domingo, 30 de octubre de 2011

Día 27: Capurganá


Nos encanta este lugar. Mola mucho. Hasta ahora, es el único sitio de los que hemos visitado en el que podría vivir una buena temporada. Ni que decir tiene que es el rincón perfecto para retirarte cuando seas viejuno y olvidarte del mundo. Cómo explicarlo: aquí el tiempo no existe, o tiene una medida muy diferente, especial. Nunca sabemos qué hora es, porque nunca llevamos reloj. Ni móvil. Nos guiamos por el Sol, y preguntando de vez en cuando a la gente. ¡Pero es que da igual!

Todo va lento. Las personas, los perros, todo. Y tú, sin darte cuenta en ningún momento, te contagias de esa lentitud. Como una enfermedad, como un virus que te invade y hace que tu cuerpo deje de ser español y se convierta en caribeño. Cualquier movimiento, desde coger el mechero, retirarte el pelo de la frente, o dejar el tercio de birra en la arena, se hace a cámara lenta. Y todo ayuda, porque cuando te das cuenta de que el taxi del pueblo es un carro de madera tirado por un caballo, empiezas a encajar las fichas.

En una de las dos playas del pueblo, en la de arena, tenemos una porción de tierra a la que le hemos cogido cariño. Es un árbol, y debajo de él, un banquito de madera, que están a sólo cinco escasos metros del mar. Allí, sentados, y resguardados por nuestro amigo el árbol, pasamos horas y horas mirando al infinito. Fuera de la sociedad, fuera del mundo, en el auténtico limbo. Horas hablando y riendo. Bebiendo cerveza. O leyendo y haciendo fotos. Pero sobre todo, absolutamente hipnotizados por el ambiente. Idos. Secuestrados por algo que no sabíamos muy bien qué era. La arena fina en tus pies, el mar, el horizonte y el cielo ahí delante. Y nosotros dos. Creo que nunca he estado más relajado que estos días, de verdad. Pensando en España, acordándote de mucha gente querida. Pensando en todo y en nada a la vez. Pensando en el pasado, en el futuro y en el presente. Es como si el árbol te susurrara todos los secretos de la playa desde que él estuvo allí plantado. Y es que es así: los árboles son como los viejos de lugar. Hay que cuidarlos, respetarlos y escucharlos, porque nadie sabe más que ellos del sitio donde se encuentran.

Nos va a dar mucha penita irnos de aquí. Este lugar tiene magia.


Día 26: Capurganá

  

La excursión de hoy ha consistido en ir hasta el Cielo, una catarata y unas pozas que también se encuentran en la jungla que rodea al pueblo. Aunque esto no hable nada bien de nosotros, hay que ser sinceros y decir que nos hemos vuelto a perder en nuestra ya amiga la jungla. Vaya par.


El paseo, entre ida y vuelta, es como de hora y media. Pues nosotros nos hemos pegado como cuatro horas danzando por la selva. Alucinas. Somos unos parras, y nos ponemos a caminar como si estuviéramos en el parque grande de Zaragoza, y no. Va a ser que no. Yo ha habido un momento en que no seguía. Sudaba del tema. Estaba de la selva hasta las pelotas (y es que iba otra vez en chanclas... Lo que sea menos ponerme calcetines). Al final hemos vuelto y menos mal, porque nos habíamos pasado el desvío a el sendero del Cielo como dos horas antes. Confieso que el desvío estaba bien señalizado por un cartel de un metro y Javi y yo ni lo habíamos visto. Presiento que hemos estado más horas en la jungla estos dos días, que todos los guiris que han ido este año a Capurganá juntos. Cuando hemos llegado a la pequeña catarata y nos hemos dado el baño en la poza, no nos lo creíamos. Claro, después de semejante paliza, el bañito te sabe a gloria bendita.


Aquí ni salimos de fiestuki ni nada. Y eso que es finde y que estamos saliendo de farra bastante poquito. Pero es que ni hace falta. Y tampoco es que haya mucha opción. Hay un garito, justo encima del mar, en la playa, que pone salsa todo el día y la noche con un volumen atronador; pero no hay nunca ni un alma bailando en su terraza. El dueño lo intenta, de eso no hay duda, pero creo que aquí no hay marcha hasta que vienen todos los gringos en diciembre y enero. Y, sinceramente, estamos tan, tan, tan a gustito, que no necesitamos ni rumbear. Y esto, para mí, es muuuuucho decir. Palabras mayores. Pero es que este lugar lo vale.

Día 25: Capurganá


Hoy hemos hecho excursión a Sapzurro. Es un pueblito, todavía más pequeño que Capurganá, que está como a una hora larga de excursión a través de la jungla de Darién. Los lugareños y la gente normal en general deben de hacerlo en una hora, pero Piñaca y yo no. Por supuesto que no. Nos hemos confundido de camino a mitad de la jungla, y al final hemos llegado a Sapzurro como en dos horas y media. Vaya cracks. Como bueños mañicos que somos, hemos seguido subiendo y subiendo hasta que ya ni había camino ni había ná de ná. Qué locos. Y yo encima iba en chanclas, subiendo y bajando colinas en mitad de la jungla. Creo que hasta los del pueblo se ponen zapas para ir por esos caminos de la jungla, ay, la negra jungla.



La paliza ha merecido la pena: es justo salir de la jungla y encontrarte en una pequeña playita donde no había nadie. El pueblo a la izquierda, y el mar y la playa todo para nosotros. Una pasada. La calma es absoluta, porque no se escucha nada que no sea la naturaleza. No hay coches, no hay motos, no hay ni música en los pocos establecimientos de este pueblo del Caribe. ¡No hay coches! Me parece acojonante. De vez en cuando se escucha de lejos el motor de las pequeñas barquitas que utilizan los lugareños para llevar a los gringos, o para irse a pescar. Y nada más. El sonido de muchas aves, y el sonido del mar. Que nunca te puedes cansar de escuchar.

Nos comemos un Pargo rojo entre los dos, que lo han debido de pescar los niños del muelle dos horas antes. Está delicioso. Nos lo preparan una mujer y lo que parece ser su hija. Nos dicen que nos demos un paseo y que lo tienen todo hecho como en media hora. Al final sería seguramente una hora entera. Pero es que es como si te lo hiciera tu madre en la cocina de tu casa. A su marchica, y con la calma.
 

Nos cuentan que estamos en temporada baja (ya lo sabíamos), y parece ser que es mejor que en temporada alta. Hay menos farra, está claro, pero tienes las playas desiertas para ti, el mar está más claro y transparente en esta época del año, y encima los precios para dormir, comer y beber son más bajos. Estar en estas maravillosas playas Javi y yo solos no se paga con dinero. Hay momentos en que no te lo crees. Pero, por supuesto, echamos mucho de menos a la otra mitad del equipo. Nos da rabia que Anita y Leo no hayan podido ver esto, porque, sin duda alguna, este lugar es lo mejor de Colombia hasta el momento.

Día 24: Capurganá


Vamos a dejar el tema clarito desde el principio: Capurganá es la polla. Esto sí que es el Caribe, señoras y señores. Aunque llegar hasta aquí no es moco de pavo, a no ser que pilles un pequeño avión que debe de volar hasta aquí como una vez por semana, pero obviamente es más caro. Y es que el viajecito de dos horas en lancha desde Turbo es de traca. Agüita que vienen saltos. Jooodo, si me quejaba del traqueteo máximo del coche de ayer, los botes que nos hemos metido en el barquito son de otra competición. No he echado por mi gaznate el croissant del desayuno de puro milagrito. La última media hora he sufrido y bastante. El cabrón del Piña descojonao de mí, y yo sin hablar y concentrado, cerrando los ojos y tó. Yo, y lo que vienen siendo los barcos en general y su meneo en particular, no nos hemos llevado nunca nada bien.


Este sitio es genial. Un pequeño pueblecito, de bajitas casas de colores, hechas en su mayoría de madera, rodeado de una verde y espesa jungla, y bañado por un limpio, transparente y cálido mar. Una delicia. Todas las calles son humildes, pero bonitas. La gente es simpática, y en su gran mayoría, todos son negros. Por aquí no hay casi blancos ni indígenas; esto debe de tener más aspectos en común con Jamaica que con Colombia.

Vamos a pasar por aquí unos días muy ricos, tiene toda la pinta. Y queremos aprovechar y hacer excursiones por toda la zona, porque debe de haber bastante tema por aquí cerca. Me alegro mucho de haber llegado hasta Capurganá, final de Colombia. 














Día 23: Turbo

Salimos Piña y yo por la mañana rumbo a Capurganá, pequeño rincón del Caribe justo pegadito a Panamá. Las calles del barrio están todas inundadas y hay que dar rodeos porque alguna parte que está impractible. Por suerte parece que las carreteras por las que tenemos que ir están disponibles y no hay peligro de derrumbes de tierra.

El viaje de hoy ha sido un poco culo. Al final se nos ha hecho interminable. El trayecto: una hora en bus desde Cartagena hasta la terminal de buses. Luego otro bus hasta Montería, unas seis horitas. Y, finalmente, hemos podido pillar una van (con más gente) hasta Turbo, otras tres o cuatro horas. Hemos llegado a Turbo como a las dos de la mañana, y salíamos de Cartagena como a las once. Las últimas horas en el monovolumen han sido para pegarse un tiro. De noche, con mucho sueño, y como a treinta por hora, debido a que íbamos por unas carreteras de polvo, agujeros, piedracas y baches, que parecía eso el viejo Oeste o algún camino medieval. Uno se acordaba de los romanos y de sus calzadas adoquinadas. Vaya viaje. Era imposible sobar porque el meneo era continuo y verdaderamente agitado. Era el típico camino de tierra chungo que en España dura como mucho dos minutos, pero aquí ha durado como tres horas. Increíble, ble.

Por fin llegamos a Turbo (imposible no acordarse del personaje de patillas de Al salir de clase... ¿Dónde estará ese hombrecillo ahora? ¿Cuántos años tendrá? ¿40? ¿50? ¿¿60??), población turbia donde las haya. Bastante sórdido el ambiente. Sólo queremos dormir unas horitas, porque nuestro barco para Capurganá sale mañana como a las 08.00. El hostal es bastante deplorable. Justo antes de apoyar mi cabeza en la almohada, hemos tenido que matar una peazo de cucaracha caribeña (son muy grandes... Mucho).

Cinco horitas por delante para pillar algo de sueño, coger fuerzas, y pillar ese barco que nos llevará a Capurganá. Tenemos grandes expectativas depositadas en este lugar. Esperemos que el esfuerzo en llegar hasta allí (no es que nos pille de camino precisamente) merezca la pena. Fijo que sí.


sábado, 29 de octubre de 2011

Día 22: Cartagena

Sigue lloviendo en Cartagena y, por lo que hemos visto en el telediario, también llueve por toda Colombia. En ciertas zonas se habla de inundaciones y desprendimientos de tierra importantes. Pero debe de ser algo bastante frecuente en el país. Ya nos contaron que hace sólo un par de años, estuvo lloviendo en todo Colombia durante más de 300 días seguidos. Vaya full. A mí me da algo, vamos. Ni los galleguiños. Las inundaciones en Chía, por ejemplo, fueron históricas, y la peña tenía que desplazarse en barca. Y por allí tendrán barca los tres pastados de turno.

Hoy, en el vigesimosegundo día de viaje (¿¿Ya 22?? REALLY???), el equipo se separa por primera vez. Da penica. Oooooh. Anitosss y Leoncio se han pirado en bus para pasar unos días en Bogotá con la madre de Anita (que ya se instala en Colombia) y también con su hermana pequeña (ex de Leo). Les esperan como veinte horitas de bus, que al final serán veinticinco, treinta o cuarenta...  Se va a hacer un poco raro estar sólo dos, porque llevamos ya tres semanas seguidas haciendo los cuatro todo juntos. Como los mosqueteros. Aunque de momento seguimos cagando de uno en uno. En fin, seguro que en pocos días nos volvemos a juntar todos en Medellín, ésa es la idea.

Piña y yo nos vamos a dar la última vuelta por Cartagena. A mí me apetece mucho un poquito de McDonalds, así que con la excusa de ir a comer allí, nos damos un paseo hasta la otra zona de la ciudad que no conocíamos: el barrio de Bocanegra. Son una serie de edificios muy altos de pisos y oficinas. Pequeños rascacielos que marcan un fuerte contraste en comparación con las pequeñas casitas de colores del centro. Por el barrio hay tiendas de marca de ropa norteamericana y europea y establecimientos de comida rápida de los gringos. Parece que tienen de casi todo.  La gozadica con el Big Mac es considerable. La verdad es que yo disfruto tanto como con el jamón de bellota, las gambas de Huelva, el chuletón de Donosti, o el foie. Y lo mismo me sucede con un buen plato de pasta o una tortilla crudita de patatas. Así que cada vez que estemos en una gran ciudad, me iré, aunque sea solo, en búsqueda de mi hamburguesa yankie, y de esa manera acabaré con el monazo que me entra cuando llevo unas semanas sin ingerir esa deliciosa e incopiable basura.

Mañana, Javi y yo partiremos hacia Capurganá. El viaje pinta a coñazo, y realmente, no sabemos muy bien si podremos llegar de una sola tacada, pero pinta a que no. Veremos qué pasa, y aunque prisa no tenemos, sí que es hora de dejar atrás esta bonita y agradable ciudad.

Día 21: Cartagena

Más paseos por la ciudad. Nuestro barrio, Getsemaní, y el centro histórico, los tenemos ya bastante pilotados. Y es que, realmente, su extensión no es muy grande, en una mañana te puedes dar un paseo y recorrer todo el centro sin problemas. Es verdaderamente muy bonito. Todas las calles y las casas del centro son de tipo colonial, y están muy bien conservados. Prácticamente, cada calle, cada casa, cada esquina, cada puerta o balcón, son dignos de foto, incluso de postal de vacaciones. A veces me parece que estoy en Disneyland, de lo bien y bonico que está todo en esta parte de la urbe.

Diría que el adjetivo para esta ciudad es agradable. Agradable para la vista; agradable por el clima (temperatura perfecta, aunque estamos teniendo mala suerte con la lluvia); agradable por la extensión de la ciudad (es muy manejable); y agradable por el estilo de vida, porque se les ve a todos como muy relaxados, mucho más que en Bogotá. Y tiene playa. Y eso, amigos, siempre aporta varios minipuntos ganadores. A Anita le ha encantado especialmente Cartagena. Dice que podría vivir en ella. Está in love con la ciudad. ¡Creo que ha tomado fotos de todas y cada una de los cientos de puertas y balcones del centro de la ciudad!

Hoy también hemos visitado el castillo de San Felipe, construido por los españoles en el siglo XVI (creo), y reconstruido varias veces debido a los ataques de los piratas de la época, entre ellos el mítico Francis Drake. Cartagena era el puerto de salida hacia España, y el lugar donde se iba acumulando todo el oro que los españolitos les robamos a los indígenas, por eso la ciudad sufrió tantos asedios. El castillo no está mal, pero esperábamos más por el precio pagado de la entrada, y por lo que ponía en la guía de Lonely Planet (esa guía es el Santo Grial. De hecho es el quinto miembro del equipo. Sin ella estamos perdidos, y si pone que hay que probar la mierda de los perros de Cartagena porque tiene un sabor especial, caquita que nos comeremos).

Sigue lloviendo, así que no estamos practicando nada la playa. Una pena, porque debe de haber unas islitas cercanas que deben de ser una delicia. Pero pagar el barco hasta allí, y que haga un día de mierda, no merece la pena. ¡Y es que hay que ahorrar plata!


   

Día 20: Cartagena

Otro día muy tranquilo. Paseamos por el centro histórico de la ciudad. Por la tarde-noche, los chicos damos un garbeo por la Zona Rosa de Cartagena (en Colombia llaman así a la zona de marcha de la ciudad. Todas las ciudades tienen su Zona Rosa), pero es demasiado pronto y no hay ni Puskas. Es domingo, pero el lunes es festivo y suponemos que habrá algo de rumba. Aunque la verdad es que no tenemos un gran espíritu de farra estos días; la fiesta del viernes, al final fue un trullo, y ya habrá lugares mejores para salir y pasarlo guapi. Y, de hecho, por la tarde nos hemos puesto bastante cieguetes gracias a los Coco Locos que nos hemos fabricado nosotros mismos en el hostal. Receta estelar: coco abierto por su parte de arriba, con su propio juguito, le añadimos un batido consistente en leche, hielos, plátanos y ron. Suena chungo, pero el invento está cojonudo y nos pegamos la tarde en la azotea del edificio, coco arriba, coco abajo. Y pega fuerte la movida: un viejo que nos ha visto el ron por la calle nos ha dicho que es el peor ron ever, pero es que era el más barato. Realmente, si no añades todos esos ingredientes al roncito, es asqueroso.

El tiempo no nos está acompañando en esta ciudad. Está lloviendo todos los días e incomoda el salir a la calle y pasear, y no porque haga frío, para nada, pero las calles se inundan rápido y con facilidad, y es un coñazo pasear así por ellas.

Día 19: Cartagena

No hemos hecho absolutamente nada en todo el día. Encerrados los cuatro en el hostal. Descansando, sin horarios de levantarse a una hora en concreto ni nada parecido, cocinando nuestra propia comida en la rudimentaria cocina del hostel, viendo series y pelis por la TV americana de cable y poco más. A gustito. Apetecía también este plan, porque llevamos ya bastantes días sin parar casi ni un segundo. Y, además, llueve a saco todo el día, así que atrapadica en casita, tranquilos, y sin gastar perras.

martes, 18 de octubre de 2011

Día 18: Cartagena

Lo primero que hay que reseñar y que se me había pasado comentar es que llevamos desde el domingo sin vernos en un espejo, y ya estamos a viernes. Flipas, ¿no? Ni en Tayrona ni en la escuela había un solo espejo. Bueno, en Tayrona no había ni ducha, así que el espejito es lo de menos. Cómo cambian las cosas de un lugar a otro. En España, aunque no quieras, te ves reflejado 200 veces al día en tu casa, en las tiendas, en servicios, ascensores o cualquier esquina de la ciudad. La verdad es que se agradece. También llevo sin afeitarme desde que pisé este país. Dieciocho días ya. ¡Qué gozada! No sé lo guapos o feos que estamos, pero felices como perdices.

En Santa Marta pillamos un bus (supuestamente directo) a Cartagena. El viaje iba a durar (supuestamente) cuatro horas. Pues eso: ni una cosa ni la otra. El bus para por media costa caribeña y al final el trayecto es como de más de cinco horas. Pero ya nos vamos acostumbrando; y con el asiento bajo tu culo y un aire acondicionado (bien acondicionado), te da igual lo que pase porque de ahí no te levante ni Megan Fox suplicándote de rodillas (Bueno, creo que ahí me he pasado un pelín...).

Llegamos a la estación de Cartagena como a las 16.30. Tenemos que pillar otra buseta hasta la ciudad que tarda como otra hora (pasamos de pillar taxi). Es viernes por la tarde, empieza el finde y el tráfico a la ciudad es intenso. Nos avisan cuando llegaos al barrio de Getsemaní, que es donde nos queremos alojar. El barrio está justo pegado al centro histórico de la ciudad, pero fuera de las murallas. Más económico, pero realmente está sólo a diez minutos andando de lo que ellos llaman el centro.

Después de ver un par de hostales, elegimos uno que está bien de precio y no está mal. Pillamos dos habitas dobles, Anita y Piña necesitan un poco de intimidad para llevar a cabo una vida completa de pareja. Cooooorrecto. Nos instalamos, hacemos merienda-cena en un restaurante cercano que nos recomiendan en el hostal, hacemos una vuelta de reconocimiento del barrio, sacamos pasta y hacemos compra.

El hostel tiene una especie de terraza en el ático que se puede utilizar, y que parece que nadie lo hace. Allí nos subimos con música y bebida. Estamos calentando para la rumba que toca luego en la ciudad. Hay ganas de marchica porque no salimos de farra desde el sábado pasado. Vamos al centro, detrás de las murallas, y hay ambientazo en la calle. Anita y Javi bailan un rato con un pareja viejuna de lugareños. Lo dan todo. Estamos en el Donde Fidel, lugar donde nos dicen que ponen la mejor salsa de toda Colombia. La gente allí en general es mayor, mayor de cuarenta y cincuenta palos, quiero decir. Pero bailan como posesos, lo llevan en la sangre. Sus movimientos de caderas son de otra raza. De otra raza que no es la humana.

Después la fiesta es bastante bufete: no hay nadie en los tres garitos que probamos. El cansancio acecha, el hambre también, y hasta un poco de mala leche. Así que primero se va la pareja, y después Leoncio y yo, nos volvemos al hostal a sobarla. Camita, ventilador, televisión por cable, y sin cucarachas. La gozamos también.

Sólo hemos podio ver un poquito de Cartagena, y de noche. Pero la ciudad tiene realmente muy buena pinta.