lunes, 24 de febrero de 2014

Días 244-260: Myanmar (V): el lago Inle.

El lago Inle es un lugar bonito, rodeado montañas, con bastante actividad de pescadores, pequeños comerciantes y turistas, pero, a la vez, es un lugar tranquilo, para relajarse, donde se respira una cierta calma muy agradable. Nyaung Swe es la localidad donde nos hospedamos, pequeño pueblo y aún así una de las mayores poblaciones de todo el lago. 

Subidos en una lancha como la del día de la llegada, dimos un gran voltio por todo el lago. No era de más de un metro de ancho, e íbamos todos en fila india, sentadicos en silla (en este caso llevaba asientos, lo cual fue muy agradecido, vitoreado y hasta aplaudido por nuestro ajetreado culo). El chófer iba en la parte de atrás, controlando el motor y llevando la dirección de la embarcación.

Este tour que duró como medio día fue muy interesante. Vimos cómo fabrican artesanalmente los puritos (colocón) que tanto fumamos en ese país; cómo fabrican el papel para las sombrillas que todos los turistas acaban comprando; y vimos también tejer, concretamente a tres mujeres padaung, "mujeres de cuello de jirafa" o "mujeres de cuello largo". Allí estaban, tejiendo elaboradas telas, siempre sonrientes, con sus inacabables cuellos llenos de ajustados collares de metal. Hablo de ese tipo de mujer de las que ya quedan poquísimas de ellas, que sólo las puedes encontrar en el estado de Shan, aquí en Birmania, y quizás en Tailandia, las que huyeron por el régimen militar birmano y consiguieron no morir de camino a la frontera. Hay muchas historias y teorías a cerca de esta curiosa tradición, seguramente la mayoría son falsas, pero lo que está claro es que estas mujeres todavía existen y que es impactante su visión. A mí me hizo mucha ilusión, porque ya me pude creer de verdad una foto que vi hace tiempo, de pequeño, y que me dejó to loco durante varios años de mi tierna infancia. Eso es, sí, hablo de la mítica portada de National Geographic.

El lago está lleno de pescadores. Fishermen everywhere! Muchos de ellos van en una especie de piraguas, sin motor, y desde la parte de detrás, la popa (lo he tenido que chequear en Google...), reman de una manera muy singular: estando de pie, pillan el remo con el brazo derecho y lo sujetan con la pierna del mismo lado, y haciendo algo parecido a una media luna con la pierna, van remando poco a poco. Extraño pero efectivo.

Qué buena gente son, copón. Aunque te lleven a sus tiendas y talleres, aunque te inviten siempre a un rico té, aunque se dejen hacer fotos, y aunque te vayas sin comprarles nada (porque es imposible comprar en todos los sitios), siempre te despiden con una sonrisa (sincera) y el cortés thank you. Y tú te vas jodido porque les comprarías la tienda entera.

Muchas casas bordeaban el lago. Casi todas ellas de madera y de bambú. Realmente, fuera de las grandes ciudades, muy pocas casas en este país son de ladrillo y cemento. También había extensos cultivos de tomates en jardines flotantes en el lago. ¿Cómo coño lo hacen? Sin el bueno de Robin a tu vera, en ocasiones, las preguntas no tenían fácil respuesta.

El lago Inle está rodeado por todos los lados por altas montañas que siempre están cubiertas por una finísima capa de niebla. En estas montañas no entra nadie. Literalmente. Ni los lugareños ni mucho menos los extranjeros. Por lo visto (por lo que nos contaron, más bien), están abarrotadas de rebeldes armados, de narcotraficantes y de "lords of war", los llamados señores de la guerra. Si aprecias mínimamente tu fugaz paso por este planeta, no te adentres ni una miaja. Porque no volverás nunca.

Era temporada baja, y por lo que nos contaban, estábamos pocos turistas. Pero era un lugar de los que cuanta menos gente hubiese, mucho mejor. Dimos buenos paseos en bicicleta por los alrededores, aunque tampoco alejándonos del lago, ya que realmente toda la vida de la zona giraba en torno a él. Recuerdo también dos momentos al día durante nuestra estancia allí: el desayuno y la cena. Por las mañanas subíamos corriendo hasta la última planta del hostel, el comedor, y nos poníamos morados de jugosas tortitas con sirope de caramelo y rica fruta fresca. Y por las noches, siempre íbamos al mismo lugar, una pequeña parcela con mesas y sillas de plástico, que tenía unos pescados brutales que te los hacían a la brasita en el momento y estaban tiraos de precio. Terraza, cerveza fría, barbacoa, puritos y a jugar a las cartas. Y prontito a mimir. Puro gozo, hermano.

Después de pasar allí unos 3 días y 3 noches, volvimos en bus hasta Yangon. De allí pillábamos un vuelo que nos sacaría de este mágico, atemporal y tierno país. Nuestros 15 días en Myanmar llegaban a su fin. Flipas. Tan sólo 15 días. Seguramente hayan sido de las dos semanas más y mejor aprovechadas de toda mi vida.  Infinidad de instantes para el recuerdo. No sé si volveré, who knows, pero lo veo difícil... Porque hay mucho mundo que quiero conocer, y porque tengo la sensación en mi interior, de que es imposible mejorar el recuerdo del que todavía no me quiero soltar... 

Así que, de momento, nada más. Bueno, ahora, ¡toca Laos! Y ya está, simplemente, millones de gracias, Myanmar.

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